NACIMIENTO DEL MESÍAS

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El emperador romano Augusto César, emitió un edicto en el cual ordenó tasar la tierra en proporción a sus habitantes, con fines tributarios, en los días que Cirenio gobernaba en Siria (Lucas 2:1-2). Este edicto de impuestos coincidió con la fiesta de los tabernáculos o fiesta de las cabañas, la cual se celebraba del 15 al 22 de tishrei (Levítico 23:34-43).

Para ser censado, cada uno debía ir a su lugar de origen, y debido a que José era descendiente de David, él y María subieron de la ciudad de Nazaret a Belén, la ciudad de David. Esta ciudad estaba cerca de Jerusalén, aproximadamente como a 9 kilómetros de distancia (Lucas 2:3-5).

Belén es la ciudad de David, porque era originario de ese lugar (1º de Samuel 17:12). Estaba profetizado que en ese lugar nacería el Mesías: “Pero tú, oh Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será el gobernante de Israel, cuyo origen es antiguo, desde los días de la eternidad” (Miqueas 5:2).

Belén significa “casa del pan”, el mejor lugar para el nacimiento del Salvador, el pan de vida que descendió del cielo: “Porque el pan de Dios es aquel que desciende del cielo y da vida al mundo. Le dijeron: --Señor, danos siempre este pan. Jesús les dijo: --Yo soy el pan de vida. El que a mí viene nunca tendrá hambre, y el que en mí cree no tendrá sed jamás” (Juan 6:33-35).

Mientras José y María estaban en Belén, se cumplió el tiempo para el nacimiento del Mesías. Buscaron algún lugar para hospedarse, pero no encontraron, por lo que se dirigieron a un establo y en ese lugar nació el Redentor, quien después de haber nacido fue acostado por su madre en un pesebre (Lucas 2:6-7).

¿Qué movió a tanta gente en esa época como para que José y María no encontraran alojamiento? La escasez de habitaciones no fue causada solamente por el edicto de Augusto César, sino también por causa de los días de la fiesta que seguía a la cosecha del otoño. Miles de personas estaban ya en Jerusalén para observar la fiesta de la temporada del otoño, llamada la solemnidad de las cabañas, a la cual también se llama “fiesta de la cosecha”, porque se celebra en el cambio de año agrícola, cuando la época de la cosecha llega a su fin. Belén estaba sumamente llena por causa de su proximidad con Jerusalén.

Por otra parte, el censo no movería nunca tanta gente como para que no encontraran posada en esos días, pues no todas las personas fueron al mismo lugar sino que cada uno fue a su ciudad, lo que no indica un número de personas cuantiosa, toda vez que estas ciudades y pueblos era pequeños y con un reducido número de habitantes.

La solemnidad de las cabañas se celebraba el 15 de Tishrei, séptimo mes del calendario hebreo, la cual duraba hasta el 22 del mismo mes, la cual consistía en que los israelitas habitaban en cabañas durante ese período y el 15 y 22 eran sábados ceremoniales, por lo que no podía hacerse obra laboral alguna (Levítico 23:34-43).

Siendo que cuando nació Jesús no había lugar en el mesón, denota que Él pudo haber nacido en una fecha cercana a la temporada de la fiesta de las cabañas. La fiesta de las cabañas, en el año 5 adC correspondió a la última semana de septiembre, por lo que Jesús pudo haber nacido poco tiempo después de esa fecha, específicamente durante el mes de octubre.

Este fue un acontecimiento maravilloso, tal como lo relata Juan: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria, como la gloria del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). El Verbo se había hecho carne desde su concepción, pero su gloria estaba por se manifestada a todo el mundo.

Pero en el texto de Juan 1:14, que regularmente se ha vertido como “habitó entre nosotros”, partiendo de su original griego realmente dice “tabernaculizó con nosotros” que podría entenderse como “se hizo un tabernáculo con nosotros”. Así ocurrió realmente, porque hoy sabemos que el cuerpo es templo del Espíritu Santo (1ª a los Corintios 6:19), y el Hijo de Dios se constituyó en un cuerpo humano, sujeto a las vicisitudes que vivimos.

Tomando en cuenta Juan 1:1 y que Jesús era el Emanuel prometido, Dios hecho carne había nacido en este mundo de maldad, tan solo por amor para redimirnos de nuestros pecados.

Pablo escribió a los filipenses acerca de esto: “Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ­y muerte de cruz” (Filipenses 2:5-8).

¡Alabado sea el Hijo de Dios! Porque por ese amor de sacrificio, hoy somos redimidos para ser pueblo de Dios. Si usted ya ha recibido a Jesús y tomado el compromiso de ser fiel a Él, como pueblo de Dios usted es un redimido para vida eterna. Pero si aún no ha visto a Jesús como su Salvador, no tarde más porque Él le está esperando para redimirlo y cambiar su vida para siempre.

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