EL POSTRER ADÁN

Y al hombre dijo: --Porque obedeciste la voz de tu mujer y comiste del árbol del que te mandé diciendo: "No comas de él", sea maldita la tierra por tu causa. Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida; espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste tomado. Porque polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:17-19).

Por cuanto el hombre escuchó la voz de su mujer antes que la de Dios y quebrantó el mandamiento divino, el Creador pronunció siete consecuencias de tal acción:

1. Maldición para la tierra por causa de agravarse su producción. Esto lo vemos más grave en la actualidad, pues la producción mundial de alimentos es escasa, aunado a la falta de compromisos de los grandes terratenientes y productores, quienes provocan que grandes porciones de tierra se mantengan ociosas, más las malas prácticas que provocan mayor escasez de alimentos.

2. El ser humano fue condenado al dolor y al sufrimiento todos los días de su vida. La pobreza y la desgracia han estado acompañando a los hombres desde el pecado.

3. La tierra produciría espinos y cardos que provocarían incomodad en el trabajo.

4. Comer plantas del campo. Antes él sólo extendía el brazo para tomar de los frutos, ahora debía esforzarse para alimentarse, teniendo el compromiso de hacer producir la tierra, fuera del entorno paradisíaco en el cual Dios lo había puesto.

5. El trabajo lo sometería al dolor y a la fatiga todos los días de su vida. Para los hombres no existe la opción de la holgazanería, pues “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma” (2ª a los Tesalonicenses 3:10).

6. Recordatorio de la condición del ser humano, quien no es más que polvo. La serpiente ofreció a Eva que serían como dioses, sabiendo el bien y el mal, pero Dios le recuerda que es solamente un ser formado del polvo.

7. Sentencia de muerte, porque el hombre vuelve al polvo.

Pero el pecado de Adán fue mucho más que la desobediencia, pues se le cuenta como rompimiento de un pacto: “Mas ellos, cual Adam, traspasaron el pacto: allí prevaricaron contra mí” (Oseas 6:7 RV1909).

¿Es responsable Adán de mi muerte y de la muerte suya, de mis dolores y de los suyos? “Por esta razón, así como el pecado entró en el mundo por medio de un solo hombre y la muerte por medio del pecado, así también la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Romanos 5:12). Usted y yo hemos de morir porque hemos pecado. Adán murió por su pecado, nosotros moriremos por los nuestros.

Si aquí se hubiese cerrado el capítulo de los seres humanos, cuán miserable sería nuestra condición. Sin embargo, Dios proveyó un camino para revertir esta triste condición: “Puesto que la muerte entró por medio de un hombre, también por medio de un hombre ha venido la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida. Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vienen? Necio, lo que tú siembras no llega a tener vida a menos que muera. Y lo que siembras, no es el cuerpo que ha de salir, sino el mero grano, ya sea de trigo o de otra cosa. Pero Dios le da un cuerpo como quiere, a cada semilla su propio cuerpo. Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción; se resucita en incorrupción. Se siembra en deshonra; se resucita con gloria. Se siembra en debilidad; se resucita con poder. Se siembra cuerpo natural; se resucita cuerpo espiritual. Hay cuerpo natural; también hay cuerpo espiritual. Así también está escrito: el primer hombre Adán llegó a ser un alma viviente; y el postrer Adán, espíritu vivificante. Pero lo espiritual no es primero, sino lo natural; luego lo espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es celestial. Como es el terrenal, así son también los terrenales; y como es el celestial, así son también los celestiales. Y así como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos también la imagen del celestial. Y esto digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción heredar la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos, pero todos seremos transformados en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final. Porque sonará la trompeta, y los muertos serán resucitados sin corrupción; y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y que esto mortal sea vestido de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se vista de incorrupción y esto mortal se vista de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ­Sorbida es la muerte en victoria! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? Pues el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley. Pero gracias a Dios, quien nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo. Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestro arduo trabajo en el Señor no es en vano” (1ª a los Corintios 15:21-23, 35-38, 42-58).

No obstante de nuestra condición, usted y yo podemos anhelar vivir para siempre y que las consecuencias del pecado no sean permanentes en nosotros. Esto es a través del postrer Adán, que es Jesucristo, nuestro Salvador, el único camino para trascender más allá de la muerte. Ciertamente sufrimos, lloramos y gemimos, y ciertamente moriremos; pero si estamos en Cristo el sufrimiento, el llanto y el gemir serán transformados en un gozo sin fin, y la muerte será transformada en vida eterna.

Por esto Pablo escribió a los efesios que “Con respecto a vuestra antigua manera de vivir, despojaos del viejo hombre que está viciado por los deseos engañosos; pero renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre que ha sido creado a semejanza de Dios en justicia y santidad de verdad” (Efesios 4:22-24).

Dios ya abrió la puerta para que usted y yo no vivamos bajo la sentencia de Adán, con una vida temporal. Depende de cada uno de nosotros tomar la senda de la vida eterna del postrer Adán.

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