ZACARÍAS Y ELISABET

 
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     Al final de la vida de Herodes el Grande, había un sacerdote llamado Zacarías, quien estaba casado con una levita llamada Elisabet. Ellos ya eran ancianos pero no tenían hijos porque Elisabet era estéril, pero aun así, seguían confiando en Dios y se mantenían justos delante de Él y fieles cumplidores de sus mandamientos y ordenanzas (Lucas 1:5-7).

 

      Estando Zacarías en servicio, entró al templo para quemar el incienso, y el pueblo estaba afuera orando. En ese instante, se le apareció el ángel Gabriel, y ante esa aparición, Zacarías se atemorizó. Pero el ángel le dijo: “­No temas, Zacarías! Porque tu oración ha sido atendida. Tu esposa Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan” (Lucas 1:8-13).

 

     Por lo dicho por el ángel se comprende que Zacarías había pedido a Dios que su esposa pudiera concebir, por lo que la respuesta llegó aún en la vejez.

 

     ¿Qué papel jugaría este niño? El ángel se lo dijo a Zacarías: “Tendrás gozo y alegría, y muchos se gozarán de su nacimiento, porque él será grande delante del Señor. Nunca beberá vino ni licor, y será lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre. Y hará que muchos de los hijos de Israel vuelvan al Señor su Dios. El mismo irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos y los desobedientes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo apercibido” (Lucas 1:14-17).

 

     El gozo por el nacimiento de Juan sería grande para Zacarías, su esposa y los que lo conocieran, porque él sería grande delante del Señor. Juan sería un hombre santo y lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Juan desempeñaría un trabajo valioso, pues haría volver a Dios a muchos israelitas. Su labor tendría como finalidad preparar al pueblo para que cuando el Mesías iniciara su ministerio redentor, hubiera unidad entre las familias y que los desobedientes fueran tan prudentes como los justos. Él tendría las facultades de percepción y el poder que Dios le había dado al profeta Elías.

 

     Pero lo que el ángel pronunció, significa el cumplimiento de una profecía: “He aquí yo envío mi mensajero, el cual preparará el camino delante de mí. Y luego, repentinamente, vendrá a su templo el Señor a quien buscáis, el ángel del pacto a quien vosotros deseáis. ­He aquí que viene!, ha dicho Jehovah de los Ejércitos. He aquí yo envío al profeta Elías antes de que venga el día de Jehovah, grande y temible. El hará volver el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres; no sea que venga yo y golpee la tierra con destrucción."” (Malaquías 3:1; 4:5-6).

 

     El mismo Jesucristo confirmó a Juan como el “Elías prometido”: “Este es aquel de quien está escrito: He aquí yo envío mi mensajero delante de tu rostro, quien preparará tu camino delante de ti. De cierto os digo que no se ha levantado entre los nacidos de mujer ningún otro mayor que Juan el Bautista. Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos se apoderan de él. Porque todos los Profetas y la Ley profetizaron hasta Juan.  Y si lo queréis recibir, él es el Elías que había de venir” (Mateo 11:10-14).

 

     Debido a su avanzada edad, Zacarías dudó de que esas cosas fueran a ocurrir realmente, por lo que pidió señal al ángel. El ángel respondió que él había sido enviado para anunciarle las buenas noticias de parte de Dios y que por haber dudado, estaría incapacitado para hablar hasta que se cumpliera lo anunciado (Lucas 1:18-20).

 

     El pueblo que se encontraba afuera del templo, estaba pendiente de la salida de Zacarías, pero al ver que no salía, se extrañaron. Finalmente, él salió pero no les pudo decir lo que había ocurrido, por lo que ellos entendieron que había tenido una visión. Cumplido su ministerio, Zacarías se fue a su casa y dentro de los meses siguientes, su esposa Elisabet concibió y alabó al Señor por quitar la vergüenza de no dar a luz hijos (Lucas 1:21-25).

 

     De este relato podemos aprender:

 

1.      Aun en la adversidad o la falta de algo que para nosotros sea relevante, no debemos cesar de cumplir fielmente con los mandamientos de Dios.

2.      Nunca perdamos la esperanza de que Dios responderá a su debido tiempo y por ello es necesario estar en oración.

3.      No perdamos la fe, nunca dudemos de las promesas de Dios, porque lo que Él promete, lo cumple, aunque parezca imposible, “Porque ninguna cosa será imposible para Dios” (Lucas 1:37).

4.      Siempre que Dios responda alguna petición nuestra, no debemos olvidarnos de agradecerle y de alabar por su misericordia.

 

     Podemos resumir la actitud de Zacarías y Elisabet en cuatro palabras:

 

1.      Obediencia.

2.      Esperanza.

3.      Fe.

4.      Gratitud.

 

     Practiquemos esto en nuestras vidas y seguramente nos irá muy bien.

 
 
 
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Oscar Mata,
5 ene. 2009 13:05
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