SIMEÓN

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     Cuando Jesús fue presentado al templo después de los 40 días de nacido, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, un hombre justo y piadoso quien había recibido por revelación del Espíritu Santo, que vería al Mesías, por lo que estaba atento en el templo. Él esperaba la consolación de Israel conforme a las profecías acerca del Mesías. Probablemente Simeón presenció la presentación de muchos niños, pero ninguno de ellos era el Mesías prometido. Pero cuando Jesús fue presentado, entonces fue revelado a Simeón que el tiempo había llegado y que el Mesías estaba frente a él, por lo que no dudó en tomar en sus brazos al Unigénito Hijo de Dios (Lucas 2:25-28).

 

     Simeón consideró que podía morir en paz porque la salvación estaba frente a sus ojos, una salvación no solamente para Israel sino para todos los pueblos. Él entendió que aquel niño sería la luz para ser revelada a todos sin discriminación (Lucas 2:29-32).

 

     Su padre y su madre se maravillaban de las cosas que se decían de él. Y Simeón los bendijo y dijo a María su madre: --He aquí, éste es puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será contradicha” (Lucas 2:33-34).

 

     Simeón dijo que Jesús había sido enviado para la caída de muchos en Israel, para cumplimiento de lo profetizado por Isaías: “entonces él será vuestro santuario; pero será piedra de tropiezo y roca de escándalo para las dos casas de Israel, red y trampa para los habitantes de Jerusalén. De entre ellos muchos tropezarán y caerán, y serán quebrantados. Quedarán atrapados y apresados” (Isaías 8:14-15).

 

     ¿Por qué caerían muchos en Israel? Pablo aclaró que se debió a que los israelitas llegaron a considerar que las obras de la ley eran superiores al sacrificio de Jesucristo, ignorando que por su muerte se alcanzaría a los gentiles, los que aún sin haber vivido en la ley, por la fe en Él son ahora justificados: “¿Qué, pues, diremos? Que los gentiles, quienes no iban tras la justicia, alcanzaron la justicia, es decir, la justicia que procede de la fe; mientras que Israel, que iba tras la ley de justicia, no alcanzó la ley. ¿Por qué? Porque no era por fe, sino por obras. Tropezaron en la piedra de tropiezo, como está escrito: He aquí pongo en Sion una piedra de tropiezo y una roca de escándalo; y aquel que cree en él no será avergonzado” (Romanos 9:30-33). Pedro también indicó que el tropiezo sería para los desobedientes a la Palabra de Dios, porque los judíos, a pesar de que tenían las Sagradas Escrituras, no prestaron atención a su contenido: “De manera que, para vosotros que creéis, es de sumo valor; pero para los que no creen: La piedra que desecharon los edificadores, ésta fue hecha cabeza del ángulo,  y: piedra de tropiezo y roca de escándalo. Aquéllos tropiezan, siendo desobedientes a la palabra, pues para eso mismo fueron destinados” (1ª de Pedro 2:7-8). Esa piedra, sin lugar a dudas, es Jesús: “Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo” (Efesios 2:20).

 

     Pero mientras muchos caían al tropezarse con Jesús y lo rechazaban, tal como lo dijo Simeón, otros se levantarían de Israel para ser las primicias de la Salvación: “Oí el número de los sellados: 144.000 sellados de todas las tribus de los hijos de Israel” (Apocalipsis 7:4). Todos estos creyeron en Jesucristo.

 

     Simeón también dijo que Jesús era puesto para señal que sería contradicha, es decir, que no obstante de las señales que el Mesías haría, su autoridad divina sería objeto de contradicción por muchos, lo cual haría que fuera sacrificado: “Reducid pues á vuestro pensamiento á aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, porque no os fatiguéis en vuestros ánimos desmayando” (Hebreos 12:3 RV1909). Esa contradicción sería utilizada como argucia para provocar la muerte del Señor, pues lo presentaron ante las autoridades romanas como contradictor del César: “Desde entonces procuraba Pilato soltarle; mas los Judíos daban voces, diciendo: Si á éste sueltas, no eres amigo de César: cualquiera que se hace rey, á César contradice” (Juan 19:12 RV1909). Tal contradicción, como ya vimos, sería provocada por Israel: “Mas acerca de Israel dice: Todo el día extendí mis manos á un pueblo rebelde y contradictor” (Romanos 10:21 RV1909).

 

     En cuanto a los padecimientos de María, Simeón le dijo: “Y una espada traspasará tu alma de ti misma, para que sean manifestados los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2:35 RV1909). Seguramente ella sufriría por causa de los padecimientos de su Hijo. Esto se cumplió cuando el Mesías fue juzgado como un criminal, fue torturado y muerto, tal como estaba escrito en Isaías: “Fue despreciado y desechado por los hombres, varón de dolores y experimentado en el sufrimiento. Y como escondimos de él el rostro, lo menospreciamos y no lo estimamos. Ciertamente él llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores. Nosotros le tuvimos por azotado, como herido por Dios, y afligido. Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados” (Isaías 53:3-5).

 

     Pero los padecimientos del Mesías harían que se manifestaran los buenos y malos pensamientos de muchos, de tal manera que se evidenciara la corrupción y el pecado para comprender el mal de sus corazones y se volvieran a Dios: “Deje el impío su camino, y el hombre inicuo sus pensamientos. Vuélvase a Jehovah, quien tendrá de él misericordia; y a nuestro Dios, quien será amplio en perdonar” (Isaías 55:7).

 

     Las palabras de Simeón dejaron constancia de que Jesús es el Redentor y Salvador, quien padeció por todos nosotros para procurarnos el perdón de nuestros pecados y la vida eterna.

 

     Simeón era un hombre temeroso de Dios. Los años fueron transcurriendo y Él no había visto al Mesías tal como Dios se lo había revelado, pero aún así, él continuó esperando hasta que sus ojos vieron la salvación. En cuanto a usted, querido lector, ¿ya han visto sus ojos la salvación? Mire a Jesús, recíbalo en su corazón y entonces, sus ojos verán la salvación, porque Él lo redimirá de sus pecados y será presentado como Hijo de Dios.
 
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Oscar Mata,
14 sept. 2009 16:41
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