LOS SABIOS DE ORIENTE

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     “Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes. Y he aquí unos magos vinieron del oriente a Jerusalén, preguntando: --¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido para adorarle. Cuando el rey Herodes oyó esto, se turbó, y toda Jerusalén con él” (Mateo 2:1-3).

 

     Jesús nació al final del reinado de Herodes El Grande. En esos tiempos, unos magos vinieron del oriente con la intención de adorar al rey de los judíos que había nacido. Una estrella los había guiado hasta Jerusalén. Estuvieron indagando a los habitantes de Jerusalén, del lugar en el cual se encontraba el rey que había nacido.

 

     Si bien parece contradictorio que practicantes de la magia (severamente amonestada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento) sean admitidos como adoradores del Mesías, el término griego μάγος, (mago), no era utilizado únicamente para referirse a los hechiceros. Se utiliza, en este caso, para referirse a hombres sabios (así se los llama en diversas versiones de la Biblia en inglés) o, más específicamente, hombres de ciencia. De hecho, también poseían conocimiento de las Escrituras.”[1]

 

     Se ha pensado que estos sabios procedían de Persia, quienes recibieron el conocimiento acerca del Mesías por tradición oral de antiguos sabios persas, que fueron instruidos por el profeta Daniel. Daniel fue príncipe de los magos caldeos desde los tiempos de Nabucodonosor, y permaneció como el más grande de los sabios, incluso bajo el dominio medo-persa (Daniel 5:11-12; 6:1-3).

 

     La tradición ha especulado acerca de que eran tres magos y que además, eran reyes. Las Sagradas Escrituras no confirman ni la cantidad, ni que fueran hombres de la realeza, ni que fueran de Persia. Algunos han pensado que eran tres debido a que Jesús recibió tres regalos de ellos.

 

     En lo que respecta a la estrella que vieron los magos, las Escrituras confirman que sólo ellos la vieron, por lo que es un milagro especial que no fue visto por otros. Aun si alguien la hubiera visto, no comprendió su significado y fue solamente un espectáculo celeste. Lo que sí es confirmado por la Palabra, es que ellos la vieron.

 

     No cabe duda de que los sabios preguntaron por todas partes en Jerusalén, pero ninguno pudo contestar, sino que se turbaron. La noticia llegó a oídos de Herodes, quien también se turbó.

 

     Dios mostró a estos hombres el significado de la estrella. ¿No le parece interesante que solamente fue un espectáculo para ellos y que los guió hacia el Mesías? Talvez otros lo hayan entendido, pero la Palabra de Dios solamente nos registra que la estrella guió a los sabios de oriente.

 

     En nuestros días, nosotros no tenemos necesidad de espectáculos celestes ni de grandes manifestaciones milagrosas para buscar al Mesías: “Dios, habiendo hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas maneras a los padres por los profetas, en estos últimos días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por medio de quien, asimismo, hizo el universo” (Hebreos 1:1-2). El milagro más grande ocurrió hace casi 2,000 mil años, cuando se dio el único caso en la historia de la humanidad de un hombre que no se corrompió en el sepulcro, sino que resucitó y hoy está sentado a la diestra de Dios: “Haya en vosotros esta manera de pensar que hubo también en Cristo Jesús: Existiendo en forma de Dios, él no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ­y muerte de cruz! Por lo cual también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor” (Filipenses 2:5-11).

 

     Hoy, Jesús es la estrella que nos guía y reconcilia con el Padre, nuestro único camino a la redención: “Jesús le dijo: --Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). ¡Quién sabe si los sabios llegaron de Persia! Lo que sí sabemos es que hoy pueden llegar a Él de todos los confines de la tierra, sin necesidad de largas caminatas, porque la salvación está cerca de nosotros.

 

     Querido lector, ¿cuál es su relación con Dios? ¿Se ha usted acercado a la salvación? Si no lo ha hecho, tome en cuenta esto: “Cree en el Señor Jesús y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31).

 

     Dios conceda esta salvación para usted y para su familia.


[1] Wikipedia, La Enciclopedia Libre, artículo “Reyes Magos”

 
 
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Oscar Mata,
18 sept. 2009 17:50
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