REGALOS PARA EL REY

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     Y habiendo convocado a todos los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: --En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén, en la tierra de Judá, de ninguna manera eres la más pequeña entre los gobernadores de Judá; porque de ti saldrá un gobernante que pastoreará a mi pueblo Israel” (Mateo 2:4-6).

 

     Ante la llegada de sabios de oriente, quienes preguntaba acerca de la ubicación del rey que había nacido, el rey Herodes se turbó, por lo que convocó a los principales de los sacerdotes y a los escribas, para preguntarles acerca del lugar en el cual habría de nacer el Mesías.

 

     Los sacerdotes y los escribas, respondieron a Herodes lo escrito en Miqueas 5:2: “Pero tú, oh Belén Efrata, aunque eres pequeña entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será el gobernante de Israel, cuyo origen es antiguo, desde los días de la eternidad.” Con esta información, Herodes sabía que el Mesías podría haber nacido en Belén.

 

     Herodes supo que el Mesías había nacido en Belén, solamente le faltaba saber cuándo, por lo que indagó de los sabios acerca del tiempo de la aparición de la estrella. Después les indicó el lugar en el que habría de nacer el Mesías, por lo que los envió para que lo localizaran y se lo informaran, supuestamente para que él también fuera a adorarlo después (Mateo 2:7-8).

 

     Los sabios partieron hacia Belén, siempre bajo la guía de la estrella, hasta que el fenómeno celeste se detuvo sobre el lugar en el cual estaba Jesús. Cuando ellos comprendieron que lo habían encontrado, se regocijaron y entraron a la casa, en la cual estaban Jesús y su madre María (Mateo 2:9-10). En este relato se puede resaltar que Jesús ya no estaba en su lugar de nacimiento, sino en una casa, lo que nos muestra que no llegaron en el mismo día del alumbramiento. Los sabios llevaban tesoros y ofrecieron al niño regalos de oro, incienso y mirra (Mateo 2:11).

 

     Aquellos hombres llegaron desde muy lejos para adorar al Rey, el Mesías prometido. Ellos le ofrecieron obsequios. Actualmente, el Rey ya no es un niño y está sentado a la diestra de su Padre. ¿Qué podemos regalar nosotros a Jesús?

 

     Podemos darle oro. ¿Qué clase de oro?: “Sin embargo, él conoce el camino en que ando; cuando él me haya probado, saldré como oro” (Job 23:10). Después de la prueba, nosotros mismos somos como el oro, por lo que debemos dar nuestras vidas enteras al Rey: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12:1).

 

     Podemos darle incienso: “Y el humo del incienso con las oraciones de los santos subió de la mano del ángel en presencia de Dios” (Apocalipsis 8:4). Cada vez que oramos, nuestras oraciones suben ante la presencia de Dios cual incienso. Escrito está: “Orad sin cesar” (1ª a los Tesalonicenses 5:17). Sin embargo, la locura de las prisas de este mundo hace que muchos hijos de Dios ya no oren, pues llegan a sus casas tan cansados que no se acuerdan de tener comunicación con Dios.

 

     Podemos darle mirra. La mirra era uno de los principales ingredientes del aceite de la unción sagrada, que fue usada para ungir a los sacerdotes de Israel y consagrarlos para el servicio a Dios (Éxodo 30:23,30). El aceite de la unción tenía un aroma exquisito, por lo que aquellos que fueron ungidos con el aceite eran perfumados con este olor. Ahora, nosotros somos el sacerdocio de Dios: “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido, para que anunciéis las virtudes de aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable” (1ª de Pedro 2:9). También hemos sido ungidos: “Mas vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis todas las cosas… Pero la unción que vosotros habéis recibido de él, mora en vosotros, y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe; mas como la unción misma os enseña de todas cosas, y es verdadera, y no es mentira, así como os ha enseñado, perseveraréis en él” (1ª de Juan 2:20,27 RV1909). Nosotros hemos recibido el Espíritu Santo de Dios, por lo que siendo ungidos de Él somos real sacerdocio para su servicio, a fin de anunciar el Evangelio a aquellos que no lo conocen.

 

     De los regalos de los sabios de oriente podemos aprender que nosotros también debemos dar regalos al Rey: Nuestros cuerpos en sacrificio vivo, oraciones y servicio.

 

     Querido lector, ¿ya has dado estos regalos al Señor? Si no lo has hecho, ¿qué esperas? No se te olvide, el Rey te está esperando.
 
 
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Oscar Mata,
18 sept. 2009 17:55
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