EL PRIMER CIELO

 
 
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     Como vimos en las Meditaciones Semanales 16 y 18, la Palabra de Dios dice que en el principio Dios creó los cielos y la tierra. En el primer día de la semana creacional, Dios hizo que la tierra fuera iluminada, acabando con el dominio de las tinieblas sobre la faz de este planeta. Pero la tierra estaba completamente cubierta de agua.

 

     Al día siguiente, “dijo Dios: "Haya una bóveda en medio de las aguas, para que separe las aguas de las aguas." E hizo Dios la bóveda, y separó las aguas que están debajo de la bóveda, de las aguas que están sobre la bóveda. Y fue así. Dios llamó a la bóveda Cielos. Y fue la tarde y fue la mañana del segundo día.” (Génesis 1:6-8).

 

     En el segundo día, al cual hoy llamamos “lunes”, Dios dio la orden que el agua que había en la tierra se separara y que hubiese un firmamento entre las aguas divididas. Ese firmamento sería lo que marcaría la división de las aguas, constituido por un espacio entre ambas partes, el cual a su vez tendría la fuerza suficiente para retenerlas en sus sitios, sin que las de arriba se precipitaran hacia abajo. Tal firmamento no es el lugar en el que se encuentran los astros, sino el apoyo sobre el cual se retuvieron las aguas divididas.

 

     Conforme a la orden de Dios, una parte del agua que estaba sobre la tierra, se elevó y la otra permaneció en su sitio, dejando en medio un espacio. El agua que quedó por encima del firmamento dio lugar a la formación de la atmósfera con todos sus componentes: “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes entendimiento. cuando le puse las nubes por vestido y la oscuridad como pañal?” (Job 38:4,9). En esta cita de Job, vemos que la tierra fue vestida con nubes, porque el proceso de separación de las aguas implicó la evaporación de una parte de las aguas que cubrían la tierra.

 

     El historiador judío Flavio Josefo lo explicó de la siguiente forma: “Luego, en el segundo día superpuso el cielo sobre todo el universo, lo separó de las demás cosas y determinó que se mantuviera colocado por sí mismo. Lo rodeó de un cristal, para suministrar la humedad y las lluvias a la tierra y provocar fecundidad” (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos, Tomo I, página 9).

 

     El espacio resultante entre las aguas fue denominado por Dios “cielos”. Pero esa expansión no es la única existente, sino que Dios separó el espacio que había antes del segundo día, estableciendo sus límites. Las Sagradas Escrituras nos muestran que hay diferentes clases de firmamentos o cielos: Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años—si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe—fue arrebatado hasta el tercer cielo” (2ª a los Corintios 12:2). De esa cuenta, el primer cielo es la expansión que quedó entre las aguas divididas.

 

     De hecho, en el hebreo no existe la palabra “cielo” en singular sino sólo en plural. En hebreo sólo existen los “cielos” (shamáyim), sin hacer distinción alguna. El salmista expuso la existencia de varios cielos: “­Alabadle, cielos de los cielos, y las aguas que están sobre los cielos!” (Salmo 148:4). Las aguas que están sobre los cielos son las que quedaron sobre el firmamento en el segundo día.

 

     Similar labor realizó Dios en la vida de los seres humanos, pues igual que el estado tenebroso de la tierra al principio, toda persona ha vivido en las tinieblas por causa del pecado, pero a través de Jesús somos librados: “El nos ha librado de la autoridad de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado” (Colosenses 1:13). Al creer en Jesús, recibimos la luz del evangelio: “Porque el Dios que dijo: "La luz resplandecerá de las tinieblas" es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo” (2ª a los Corintios 4:6).

 

     La tierra, una vez iluminada, tuvo el proceso de separación de las aguas para la formación del firmamento. En la vida de los seres humanos, las aguas “son pueblos y multitudes, naciones y lenguas” (Apocalipsis 17:15), lo que implica que cuando nacemos, somos conectados al sistema de vida y credo de los pueblos a los que pertenecemos, pero es necesario ser separados para formar parte del pueblo de Dios: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en la carne, erais llamados incircuncisión por los de la llamada circuncisión que es hecha con mano en la carne. Y acordaos de que en aquel tiempo estabais sin Cristo, apartados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, estando sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos habéis sido acercados por la sangre de Cristo” (Efesios 2:11-13).

 

     En ese proceso de separación, los creyentes cristianos podemos ver las aguas del pacto con Dios, representadas por el bautismo, tal como le ocurrió al eunuco etíope, quien luego de comprender la salvación que es por Cristo, divisó las aguas: “Entonces Felipe abrió su boca, y comenzando desde esta Escritura, le anunció el evangelio de Jesús. Mientras iban por el camino, llegaron a donde había agua, y el eunuco dijo: --He aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado? Felipe dijo: --Si crees con todo tu corazón, es posible. Y respondiendo, dijo: --Creo que Jesús, el Cristo, es el Hijo de Dios.  Y mandó parar el carro. Felipe y el eunuco descendieron ambos al agua, y él le bautizó” (Hechos 8:35-38). ¿Para que serviría ese bautismo?: “Pedro les dijo: --Arrepentíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38).

 

     Querido lector, ¿es usted un creyente cristiano? ¿Ya hizo usted el pacto con Dios? Si ya lo hizo, bendito sea Dios porque usted forma parte de su pueblo. Si aún no se ha bautizado, pero sí cree en Jesucristo como su Señor y Salvador, entonces ¿qué espera para ser contado como uno de los suyos? 
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Oscar Mata,
11 dic. 2008 13:50
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