FARISEÍSMO Y SADUCEÍSMO

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Como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías que dice: Voz del que clama en el desierto: Aparejad el camino del Señor, Haced derechas sus sendas. Todo valle se henchirá, Y bajaráse todo monte y collado; Y los caminos torcidos serán enderezados, Y los caminos ásperos allanados; Y verá toda carne la salvación de Dios. El vino como testimonio, a fin de dar testimonio de la luz, para que todos creyesen por medio de él. No era él la luz, sino que vino para dar testimonio de la luz” (Lucas 3:4-6 RV1909; Juan 1:7-8).

 

En Juan se cumplió lo profetizado por Isaías, pues él fue quien preparó el camino del Mesías, para que a su llegada, él pueblo estuviera aparejado, a fin de que se manifestara la salvación de Dios. Juan daría testimonio de la luz, que es Jesús el Cristo, para que todos creyeran. “Entonces él anduvo por toda la región alrededor del Jordán, predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados, Y salía a él toda la provincia de Judea y todos los de Jerusalén; y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados” (Lucas 3:3; Marcos 1:5).

 

Las palabras de Juan el Bautista llegaron a ser conocidas por toda la región del río Jordán, por lo que multitudes de los de Judea, especialmente los de Jerusalén, llegaron para ser bautizados, confesando sus pecados.

 

Dentro de los que iban a Juan, llegaron muchos de los fariseos y de los saduceos, a quienes Juan decía: “­Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?” (Mateo 3:7).

 

Los fariseos eran una comunidad judía que duró hasta el segundo siglo de la presente era. El grupo atribuía su inicio al período de la cautividad babilónica. Algunos sitúan su origen durante la dominación persa o los consideraban sucesores de los hasidim (devotos). Creían en la inmortalidad del alma, el castigo eterno de los malvados y la resurrección de los justos. Abogaban por el cumplimiento riguroso de la ley oral mosaica, que fue luego codificada en el Talmud, que contenía costumbres y tradiciones de las cuales exigían riguroso cumplimiento. Los fariseos lograron que sus interpretaciones fueran aceptadas por la mayoría de los judíos. Por ello, tras la caída del Templo, los fariseos tomaron el control del judaísmo oficial, y transformaron el culto, de lo cual la mayoría de costumbres y tradiciones persisten hasta nuestros días.[1]

 

Los saduceos, nombre que en hebreo alude a la descendencia del Sumo Sacerdote Sadoc, de la época de Salomón, nombre que a la vez significa justicia o rectitud. Su origen probablemente se remonta a la protesta de muchos sacerdotes, cuando en el año 175 adC fue interrumpido el ejercicio y la sucesión legal del Sumo Sacerdocio en el Templo de Jerusalén. El cargo que fue comprado al rey seleucida Antíoco IV Epífanes y usurpado por Jasón, hermano de Onías III y legítimo Sumo Sacerdote. La venta del Sumo Sacerdocio por el rey seleucida recayó luego en Menelao, hermano del administrador del Templo, quien logró derrotar a Jasón (2º de Macabeos 4:7-26). El comercio del más alto cargo religioso tuvo como corolario la sustitución de las costumbres judías por las griegas, la imposición del culto a los dioses griegos y la persecución de los judíos que seguían fieles a la Ley. Aceptaban únicamente la autoridad literal de la Biblia hebrea y por ende no consideraban obligatorias las interpretaciones rabínicas tradicionales o ley oral. Por lo mismo los saduceos son mal vistos por el Talmud. Negaban la resurrección, y no creían ni en ángeles ni en espíritus. Las particulares interpretaciones de los saduceos, los llevaban a múltiples especificaciones propias sobre el calendario, las fiestas, el culto, los sacrificios, los rituales y asuntos jurídicos.[2]

 

La pugna religiosa y política entre fariseos y saduceos era grande. Ambos grupos eran extremistas, pues mientras los fariseos le daban gran importancia a la tradición, antes que a la ley de Dios (Marcos 7:1-13), los saduceos no creían en la resurrección de los muertos, por lo que negaban la retribución para los justos (Mateo 22:23).

 

Debido a sus extremismos, Juan el Bautista no dudó en llamar a los fariseos y a los saduceos “generación de víboras”, porque estas serpientes son de los animales más venenosos que hay sobre la tierra. Cada partido se refugiaba en sus creencias, pretendiendo ser librados de la ira venidera.

 

El judaísmo de los tiempos de Jesús se encontraba sectarizado, por lo que fue necesario que Dios enviara a Juan el Bautista para predicar acerca del arrepentimiento, a fin de presentar un pueblo aparejado a Jesús. Después, Jesús cumplió su ministerio, murió y resucitó, dejando una oportunidad “para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor” (Filipenses 2:10-11).

 

Fariseísmo y saduceísmo representan dos grupos extremos que podríamos resumir en tradición y negación de las Escrituras. Lamentablemente, dentro los millones que en nuestros tiempos dicen ser cristianos, también encontramos diferentes formas de credo, contrarios a la voluntad de Dios.

 

Hay millones que se aferran a las tradiciones, sin importar su origen pagano, pero niegan la vigencia de los mandamientos de Dios. Jesús fue claro respecto a este tipo de prácticas: “Le preguntaron los fariseos y los escribas: --¿Por qué no andan tus discípulos de acuerdo con la tradición de los ancianos, sino que comen pan con las manos impuras? Y les respondió diciendo: --Bien profetizó Isaías acerca de vosotros, hipócritas, como está escrito: Este pueblo me honra de labios, pero su corazón está lejos de mí. Y en vano me rinden culto, enseñando como doctrina los mandamientos de hombres. Porque dejando los mandamientos de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres. Les decía también: --­Bien desecháis el mandamiento de Dios para establecer vuestra tradición!” (Marcos 7:5-9).

 

Hay otros muchos que niegan la verdad de las Sagradas Escrituras, o que creyendo en ella, aceptan unas porciones pero rechazan otras. Sin embargo, “Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para la enseñanza, para la reprensión, para la corrección, para la instrucción en justicia” (2ª de Timoteo 3:16).

 

Apreciado lector, ¿en qué sitio se encuentra entre usted? ¿Se aferra a la tradición y niega la vigencia de los mandamientos de Dios? ¿Niega usted la veracidad de las Sagradas Escrituras? O, ¿es usted un creyente cristiano que se aferra a Cristo y la verdad que está escrita en la Palabra de Dios, guardando las cosas que Dios ha mandado?

 

Saque usted sus propias conclusiones acerca del sitio en el que se encuentra.



[1] Wikipedia, La Enciclopedia Libre, artículo “Fariseo”

[2] Wikipedia, La Enciclopedia Libre, artículo “Saduceo”

 

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Oscar Mata,
5 nov. 2009 23:57
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