CONCEPCIÓN DEL MESÍAS

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     Seis meses después de que Juan el Bautista fue concebido, el ángel Gabriel fue enviado a Nazaret, una ciudad de Galilea, para anunciar a una virgen llamada María, el acontecimiento esperado por el pueblo de Israel (Lucas 1:26-27). Las evidencias arqueológicas indican que en el siglo I, Nazaret era una muy pequeña aldea agrícola, situada en la ladera de una montaña, con dos o tres docenas de familias. En esa ciudad, vivía María, una descendiente del rey David, la que había sido prometida en matrimonio a un hombre llamado José. 

 

     El ángel Gabriel entró hasta el lugar donde estaba María y la saludó de una forma muy peculiar, pues le dijo “­Salve, muy favorecida! el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres” (Lucas 1:28 RV1909). María no comprendió el saludo del ángel y se turbó por sus palabras, pues era una bendición muy especial. Él ángel le manifestó que no debía temer y reconfirmó sus palabras al decirle que ella había encontrado gracia ante los ojos de Dios. La extrañeza de la virgen se acrecentó al escuchar que concebiría y daría a luz a un hijo de nombre “Jesús”, el cual sería grande y llamado “Hijo del Altísimo”. Su hijo sería coronado rey sobre el trono de David y su reino sería sobre todos los descendientes de Jacob para siempre, es decir sobre todas las tribus de Israel y su descendencia esparcida por todo el mundo (Lucas 1:29-33).

 

     La promesa incluía recibir el trono de David. Sabemos que David reinó desde Jerusalén para todo Israel, por lo que el hijo de María reinaría de la misma forma. Dios no prometió con esto que Jesús reinaría desde el cielo, lo cual desvirtúa la doctrina de la morada eterna en los cielos. Dios había jurado al rey David, que el Mesías se sentaría en su trono: En verdad juró Jehová á David, No se apartará de ellos: Del fruto de tu vientre pondré sobre tu trono. Porque Jehová ha elegido á Sión; Deseóla por habitación para sí. Allí haré reverdecer el cuerno de David: He prevenido lámpara á mi ungido” (Salmo 132:11, 13, 17 RV1909).

 

     María preguntó al ángel cómo podría ser que ella concebiría, si aún era virgen. No era para menos la pregunta, pues nunca en la historia alguna virgen concibió sin la participación de un hombre. El ángel indicó a María que en la concepción no habría voluntad de hombre, sino que el Espíritu Santo haría en ella un milagro, que significaría la fecundación sin la presencia de un espermatozoide. Dios mismo sería el que engendraría al Mesías a través de su Espíritu y por esa razón, el santo concebido sería llamado “Hijo de Dios”. (Lucas 1:34-35)

 

     Para muestra, el ángel le comunicó lo acontecido a su parienta Elisabet, la cual concibió en su vejez, lo que también resultaba ser un milagro. María no fue incrédula, sino que creyó a la palabra de Dios anunciada por el ángel y estuvo de acuerdo que se hiciera en ella como Dios decía. Cumplida su misión, el ángel se fue (Lucas 1:36-38).

 

     Debido a la aceptación de la voluntad de Dios por parte de María, concibió por el Espíritu Santo y fue así como el Verbo de Dios se hizo carne (Juan 1:14). De acuerdo con la costumbre de Israel, es probable que María haya tenido alrededor de 16 años de edad cuando esto ocurrió.

 

     José se enteró del embarazo de su prometida, pero no lo quiso hacer público y decidió dejarla secretamente. José pensaba dejarla porque seguramente no creyó la forma milagrosa de concepción, pero un ángel del Señor le dio a conocer la verdad y que en el vientre de María crecía el Salvador. Entonces José decidió recibir a María y aceptó la responsabilidad de ser el padre del Mesías (Mateo 1:19-21, 24).

 

     Mateo escribió cuál profecía fue cumplida con este acontecimiento: “Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que traducido quiere decir: Dios con nosotros” (Mateo 1:22-23).

 

     Esta profecía está escrita en Isaías 7:14: “Por tanto, el mismo Señor os dará la señal: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.” Sin embargo, algunos judíos contradicen la condición virginal de María por el hecho de que en Isaías 7:14, la palabra “virgen”, en hebreo está escrito “almah”, que significa “muchacha”. Pero debemos considerar que también significa “doncella”, palabra que identifica a toda mujer que no ha tenido coito sexual, por lo que resulta ser sinónimo de virgen.

 

     En lo que respecta al nombre “Emanuel”, más que un nombre propio, resultaba ser la revelación de que Dios estaría con los hombres, pues tal como Mateo traduce, significa “con nosotros Dios”. Esta aclaración se hace en virtud de que algunos judíos también cuestionan el hecho de que el Mesías no se halla llamado Emanuel como indicaba la profecía. Muchos otros nombres se dicen al Mesías, entre estos: “Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz” (Isaías 9:6). Esto nos enseña que más que un nombre, “Emanuel” califica al Mesías en su condición de Dios con los hombres.

 

     Unos días después de la anunciación, María fue a visitar a Elisabet, quien tenía seis meses de gestación. Al saludarla María, el bebé de Elisabet saltó en su vientre. Tal como había sido dicho por el ángel, el hijo de Zacarías y Elisabet estaba lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre. Las facultades de percepción y el poder de Elías ya estaban en él, pues percibió la presencia del Salvador. Sin saberlo, Juan ya había empezado su ministerio, pues señaló al Mesías desde antes de nacer. Elisabet comprendió el mensaje del bebé, por lo que bendijo a María y su hijo. Para ella no estaba presente su parienta, sino la madre de su Señor (Lucas 1:39-45).

 

     María alabó a Dios por la confirmación recibida de parte de Elisabet y se gozó por haber sido elegida, a pesar de su humildad. Ella tuvo por cumplida la promesa hecha a Abraham y a sus antepasados, pues los poderosos serían destronados y los humildes serían elevados (Lucas 1:46-55).

 

     Ni las palabras de Elisabet, ni las palabras de María confirman que la madre del Mesías haya sido elevada a alguna categoría superior. María reconoció que ella ni fue elevada a diosa ni a salvadora, pues consideró su bajeza y que Dios es su Salvador. El título “Madre de Dios” no debe ser aplicado a María, pues el ser que nacería de ella ya existía y solamente fue un instrumento para dar a luz al “hombre”. Jesús no es Dios por causa de María, sino todo lo contrario, a través de ella fue hecho hombre. Claro, ella merece ser tenida en grande estima por haber traído al mundo al Salvador, pero esto no significa que nosotros debamos adorarla.

 

     Fue así como Emanuel prometido fue concebido. Él aún no había nacido, pero sus efectos ya se hacían sentir, porque con nosotros ya estaba Dios. ¡Gloria al Altísimo por tan grande misericordia!

 

     Dentro de las enseñanzas de este relato, podemos considerar la aceptación y credulidad de María. Después de leer el estudio acerca de “Zacarías y Elisabet”, el Ministro Ramón Ruiz Garza me escribió una opinión que por su relevancia la comparto con ustedes: “Podemos aprender de Zacarías que: Uno puede ser un gran sacerdote consagrado a Dios, tener el privilegio de oficiar, tener mucha experiencia en la obra del Señor y al mismo tiempo dudar de sus promesas, ser incrédulo a la Palabra de Dios. En cambio, cuando el ángel visita a María, una pobre mujer, sin ningún privilegio, posición económica ni religiosa, esta dice: "Yo soy tu esclava"... ¡Que contraste! ¿No?

 

     Nunca dejemos que nuestras posiciones o conocimientos  nos impidan creer en lo que Dios nos muestra o a aceptar sin excusas los mandatos del Eterno para hacer su voluntad.
 
 
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Oscar Mata,
5 ene. 2009 15:17
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