CIRCUNCIDANDO EL CORAZÓN

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     Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, llamaron su nombre Jesús, nombre que le fue puesto por el ángel antes que él fuese concebido en el vientre” (Lucas 2:21)

 

     Tal como estaba escrito en la ley,[1] al octavo día de nacido el Mesías, Él fue circuncidado y le pusieron por nombre “Jesús”, tal como había sido dicho por el ángel a María, antes de su concepción. Con esto, en Jesús se cumplió la señal del pacto de Abrahán con Dios: “Este será mi pacto entre yo y vosotros que guardaréis tú y tus descendientes después de ti: Todo varón de entre vosotros será circuncidado. Circuncidaréis vuestros prepucios, y esto será la señal del pacto entre yo y vosotros. A los ocho días de nacido será circuncidado todo varón de entre vosotros, a través de vuestras generaciones; tanto el nacido en casa como el comprado con dinero a cualquier extranjero que no sea de tu descendencia” (Génesis 17:10-12).

 

     La circuncisión consiste en la extirpación o amputación del prepucio del pene, lo que deja al descubierto el glande. Los judíos continúan practicando este rito hasta el día de hoy, pero en los tiempos de la Iglesia Primitiva, en Antioquia se suscitó una discusión respecto a la necesidad de su continuidad: “Entonces algunos que vinieron de Judea enseñaban a los hermanos: "Si no os circuncidáis de acuerdo con el rito de Moisés, no podéis ser salvos."” (Hechos 15:1). A raíz de esto, Pablo y Bernabé subieron a Jerusalén para hacer la consulta a los apóstoles. Ya en Jerusalén, cuando ellos contaron a la Iglesia y a los apóstoles los inconvenientes por el tema de la circuncisión, “algunos de la secta de los fariseos que habían creído se levantaron diciendo: --Es necesario circuncidarlos y mandarles que guarden la ley de Moisés” (Hechos 15:5).

 

     Los apóstoles y los ancianos se reunieron para discutir el asunto y después de discusiones resolvieron enviar una carta para la Iglesia de Antioquia que decía: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias: que os abstengáis de cosas sacrificadas a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación. Si os guardáis de tales cosas, haréis bien. Que os vaya bien” (Hechos 15:28-29). Con esto, quedó establecido dentro de la Iglesia que la circuncisión no es necesaria.

 

     Algo similar ocurrió entre los Gálatas, a quienes Pablo escribió: “Aquellos que quieren tener el visto bueno en la carne os obligan a ser circuncidados, solamente para no ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo. Pues ni los que son circuncidados guardan la ley; sin embargo, quieren que vosotros seáis circuncidados para gloriarse en vuestra carne. Pero lejos esté de mí el gloriarme sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo me ha sido crucificado a mí y yo al mundo. Porque ni la circuncisión ni la incircuncisión valen nada, sino la nueva criatura” (Gálatas 6:12-15).

 

     Pero los cristianos sí hemos sido circuncidados con la circuncisión de Jesús, más no como en los tiempos antiguos sino como está escrito en Colosenses 2:11: “En el cual también sois circuncidados de circuncisión no hecha con manos, con el despojamiento del cuerpo de los pecados de la carne, en la circuncisión de Cristo.” En tal sentido, hombres y mujeres hemos sido despojados de los pecados de la carne por el sacrificio de Jesucristo.

 

     Ahora, la circuncisión es interna, en el corazón, para que nos entreguemos plenamente a Dios y lo amemos: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón y no endurezcáis más vuestra cerviz” (Deuteronomio 10:16); “Jehovah tu Dios circuncidará tu corazón y el corazón de tus descendientes, para que ames a Jehovah tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deuteronomio 30:6).

 

     Jesús cumplió esté rito y la señal del pacto antiguo, pero instituyó un nuevo pacto a través del cual todos, sin distinción de raza, género ni nación somos constituidos en descendencia de Abrahán y herederos de las promesas: “ya que sois de Cristo, ciertamente sois descendencia de Abraham, herederos conforme a la promesa” (Gálatas 3:29).

 

     Tal como en la circuncisión ritual, el cuerpo era objeto de una separación de carne, así todos los que hemos sido circuncidados en Cristo, debemos despojarnos de las obras de la carne: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, disolución, Idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, Envidias, homicidios, borracheras, banqueteos, y cosas semejantes á éstas: de las cuales os denuncio, como ya os he anunciado, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gálatas 5:19-21 RV1909).

 

     Querido lector, ¿ha entregado su vida al Señor? Si no lo ha hecho, no tarde más y venga a Jesús para el perdón de sus pecados. Pero si ya ha entregado su vida a Cristo, ¿ha quitado usted las obras de la carne de su corazón? Debemos cuidarnos, no ocurra que seamos encontrados como estuvieron muchos israelitas, quienes estaban circuncidados en la carne, pero no en el corazón, que en el caso nuestro podría referirse a ser creyentes bautizados, pero viviendo como no es digno de un hijo de Dios.


[1] Leer Levítico 12:2-3

 
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Oscar Mata,
14 sept. 2009 15:58
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